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Cuento de Otoño bicicletero: Recuperando una Peugeot de los años 20 en el taller de Gripp

31 octubre, 2014

Estaba mejor de lo que parecía y, aun así, estaba muy mal. Era una Peugeot. Bueno, ES una Peugeot porque sigue existiendo. El abuelo de Ángel la compró en 1923, puede que fuera 1924, para darle uso en su hogar, situado en un pueblo diminuto de la Tierra de Campos vallisoletana: Villaesper. En  un mundo sin apenas coches, la bici servía para, entre otras cosas, acercarse a los pueblos de los alrededores (Medina de Rioseco se encuentra, por ejemplo, a 7 kilómetros al Este) para comprar hielo. Así casi todos los días. Bicicleta, carretera, bloque de hielo y regreso a casa ligerito para que los calores de la llanada de cereal no lo derritieran.

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Ángel empezó a utilizar la Peugeot con 16 o 17 años. Fue así, tan tarde, porque la bici de su abuelo es un hierro  inmenso que roza la talla 60 de cuadro, como un Cadillac pero a pedales. Las décadas pasaron, la bicicleta siguió rodando, algunas piezas se arreglaban, otras se cambiaban (el manillar fue modificado en los años 70) pero algunas siempre permanecieron: casi un siglo después, la Peugeot todavía conservaba los frenos de varilla.

Baja (2)

Los tiempos cambiaron y la bici cayó en desuso, la colgaron de una panera en Villaesper y ahí arriba se quedó. Los ratones que deambulaban por el suelo no podrían masticar el caucho de las ruedas pero las golondrinas, las hermosas pero sucias golondrinas que anidaban cerca, cubrirían la máquina de excrementos que, poco a poco, fosilizarían.

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Ángel, el nieto del propietario, nos trajo la bici a Gripp. Quería recuperarla, hacer una restauración integral tanto a nivel mecánico como estético. Nos pusimos a ello: desmontaje, inventario de piezas y limpieza artesana del cuadro, horquilla, cromados, platos, bielas y resto de componentes. Lo primero, ver qué había bajo la capa petrificada de suciedad y óxido. Encontramos una bici hermosísima que todavía conservaba la placa de la casa Peugeot, diseñada en París. Como la torre Eiffel. Como el puente de Alejandro III. Los radios eran irrecuperables, así que radiamos las ruedas de nuevo, pusimos en funcionamiento las partes mecánicas, pintamos el cuadro de negro elegante y, por fin, la placa de Peugeot volvió a lucir hermosa en la pipa de la dirección.

Noventa años después de su nacimiento, la Peugeot parecía recién salida de fábrica.

Postdata: Quien ser acerca a una bici de estas características ha de hacerlo como si fuera un coche clásico, un Mini de los 70 o un Rover de los 50: paseos suaves, pedaladas amables, sin prisas, sin machaques diarios, disfrutando las caricias de aire y, muy importante, escuchando lo que la bici tenga que decir.  

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